No hay frase sensata para describir la locura de un engendro genético. El suero no solo me había afectado físicamente, sino que también podía notar los vaivenes de mi cerebro, que a cada segundo que pasaba con esa cosa, se volvía más y más animal.
Marilyn ya no me mantenía atado a la camilla, y me dejaba vagar a ciegas por la despensa, siempre cerrada desde fuera. Mis pies, o lo que quedaba de ellos, acabaron acostumbrándose al calor del suelo, y mis ojos a la oscuridad asfixiante. Hasta mis oídos podían empezar a sentir cuándo Marilyn se acercaba por el pasillo hasta la puerta. Pero ya no entraba para ponerme más suero. Dijo que a esas alturas del experimento, el mismo organismo se encargaría de continuar la mutación. Ahora solo entraba para verme. Para hablar. Para contarme la razón de ser de todo esto. Para escuchar mi voz bruta, que en esos momentos ya casi no podía articular palabra alguna.
Los dolores cada vez iban a más. Las heridas producidas por las nuevas formaciones, estaban todas infectadas, y Marilyn no quería darme medicinas porque decía que alterarían el tratamiento. No lo podía soportar más. Me estaban empezando a salir los mismos bultos que a la rata ya le habían salido en la espalda, y el sufrimiento era insoportable. Con razón chillaba tanto. Ya creía que iba a morir allí, entre vómitos de sangre, úlceras y pus. Creo que por eso me sorprendió tanto cuando me desperté y vi la puerta entreabierta.
Una rendija de luz se filtraba desde el pasillo. Marilyn no estaba allí. Se había dejado la cueva sin cerrar. Así que me levanté de la cama, y me dirigí lentamente hacia la salida. Al final del corredor había unas escaleras, bastante sucias, por cierto. Todo estaba enormemente guarro. De hecho, me extraño bastante que en semejantes condiciones de higiene, no me hubiese muerto todavía. Hasta me sentí un tipo con suerte.
Empecé a subir poco a poco, estirando mis entumecidas patas, porque ya no se les podía llamar piernas. Casi me tenía que arrastrar para subir veinte escasos escalones. Estaba a punto de alcanzar el pomo de la puerta que separaba aquel sótano infernal del resto del mundo, cuando escuché a la doctora discutiendo con alguien. Una voz grave, contundente y que se limitaba a hacer preguntas. Un policía. Mi salvación. Pero en ese momento tenía otra cosa mucho más importante de la que preocuparme. Algo se estaba deslizando a mis espaldas.
Jorge Mateo. Con la tecnología de Blogger.
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