Y allí estaba yo, con una pistola humeante en la mano y un cadáver a menos de cinco metros. La niebla ahogaba mi visión de la realidad, pero acababa de matar a una persona, eso seguro. En semejante situación, no consigues recordar con total claridad todo lo ocurrido hasta entonces. Me atrevería a decir que hasta desconfías de estar viviendo la realidad, y que todo sea una pesadilla de mal gusto. En este caso, no lo era. La sangre fluía lenta pero sin pausa desde el agujero que había causado a bocajarro en el pecho de aquel hombre. No os hagáis una idea equivocada sobre mí, yo no le había matado por placer, él mismo se lo buscó.
Quince años atrás, yo era el empleado de una fábrica de carbón. Cumplía honradamente con mi trabajo y procuraba no molestar más de lo necesario. Era nuevo en el pueblo, y en un sitio tan pequeño, la gente tiende a desconfiar de los forasteros, y yo no iba a ser una excepción. Nunca lo he sido. Con el tiempo, me enamoré de una joven de mi misma edad, y sin quererlo, surgió el amor entre ambos. Sus padres nunca me aceptaron del todo, porque yo no era más que un proletario, y querían algo mejor para su hija. Sin embargo, la boda fue un hecho, y tuvieron que conformarse conmigo. Pero yo no contaba con que el que por aquel tiempo era mi jefe, también mirase con tan buenos ojos a mi mujer.
En la España oscura y cruel de los cincuenta, tu jefe era tu dueño. Revelarse contra él y demostrarle que mi mujer me quería a mí y no a él, habría sido como firmar una sentencia de muerte. Me habría quedado sin trabajo, sin hogar, y seguramente con un par de matones siguiéndome de por vida. Así que decidí esperar a ver si se le pasaba, y se olvidaba de mi esposa. ¡Qué iluso he sido toda mi vida!
Poco a poco, fueron pasando las semanas, y los meses, y el tiempo fue tan cruel que hizo que también pasaran los años, sin que el acoso parara. Ya casi no podía reprimir la impotencia y la rabia, y el orgullo venció al sentido común de una vez por todas. Compré un revólver a un antiguo amigo, que por lo visto se había enganchado a una droga nueva cuyas siglas no recuerdo con exactitud. Él quería el dinero para costearse su adicción, y yo necesitaba el arma. Fue un negocio limpio. Vigilé la mansión que ostentaba mi jefe durante cinco noches consecutivas. Daba un paseo nocturno con su mujer todos los días desde su casa hasta el puerto del pueblo. El sexto día, como si me creyese un dios, llené la recámara de la pistola y les seguí. Me acuerdo de que era martes catorce de septiembre porque ese mismo día cumplía quince años en la empresa.
La cara de terror que puso en el mismo momento en que me presenté justo delante de él, solo es comparable a la que puso su mujer. No sentí absolutamente nada cuando maté a ese viejo verde. Solo alivio. Los instantes siguientes fueron diferentes. Ver a una señora corriendo mientras pide auxilio, y un cuerpo inerte agonizando enfrente, quieras o no, produce cierta sensación de incertidumbre en una persona mediocre y normal como yo.
Y allí estaba yo, con una pistola humeante en la mano y un cadáver a menos de cinco metros, y con una sensación de liberación que no podía con ella.
Jorge Mateo. Con la tecnología de Blogger.
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